lunes, 1 de diciembre de 2008

Sobre dudas y normas del español


El 10 de noviembre del año 2005 se presentó el nuevo Diccionario panhispánico de dudas, una obra de consulta de gran formato, dirigida a todos los hispanohablantes que desean usar adecuadamente su idioma. En orden alfabético responde miles de dudas, con respuestas claras y bien fundamentadas. Se aceptan imprimido y adecua, el femenino jueza pero no el de fiscal que se mantiene como la fiscal, aclara neologismos, homonimias, latinismos, giros impropios, calcos semánticos censurables, locuciones, variantes dialectales, jergas, extranjerismos, etc. Recomienda consultora o consultoría en lugar de consulting, etc. Como siempre, se muestra remiso respecto al léxico económico, pero más comprensible que en el Diccionario usual. Se dan indicaciones precisas para el uso de las siglas y las abreviaturas. Es un diccionario con autoridades, porque cada cuestión se fundamenta en el uso de algún prestigioso escritor y aquí otro gran mérito, que aprovecha los compendiosos corpus que ha reunido la Real Academia Española en los últimos años de sorprendente renovación.
Las Academias aconsejan y recomiendan, y en ocasiones desaprueban un uso determinado, reconociendo si es necesario la variedad de registros y estilos presentes en los diversos dialectos de nuestro idioma, aunque advierten: "el habla culta prefiere...", "es más común en el habla formal el uso de...". Aunque la conciencia normativa es un hecho cultural, una convención histórica hasta cierto punto arbitraria y mutable, su existencia es innegable y no es labor de las Academias confundir al lector porque “puede hablar como quiera”, sino encaminarlo hacia la forma más generalmente aceptada o aún preferida por los propios hablantes, que son los que al fin y al cabo dirigen el barco de nuestro idioma.
En la conciencia de la unidad de nuestra lengua han tenido mucho que ver las Academias de la lengua, que no merecen ya (no sé si lo merecieron alguna vez, realmente), el vilipendio o la burla de quienes las consideraban instituciones retrógradas, elitistas o apartadas de la realidad. Su Gramática o su Diccionario han sido referencia imprescindible desde el siglo XVIII aún para quienes nunca han tenido uno en sus manos. Más aún su Ortografía. Ninguna de las varias que se elaboraron en los siglos de oro tuvo aceptación general. Tampoco prosperó la que impulsó Andrés Bello en Chile, a mediados del XIX (la que Juan de Arona rechazó con su habitual vehemencia). La Ortografía de la Academia, desde su primera edición (1741) ha sido acogida (aunque a veces se discuta) por todos los hispanohablantes. Como recuerda Antonio Alatorre, todos la obedecieron cuando, a mitad del siglo XX, ordenó sucesivamente quitar el acento de fue, vio y dio y ponerlo en búho, retahíla y cohíbe. En algunos casos la Academia no ordena, sino aconseja: admite período con acento y psicología con p-, pero aconseja suprimir esa tilde y esa p-. El acatamiento universal de las normas ortográficas de la Academia es un síntoma inequívoco dice Alatorre, de nuestra conciencia de la unidad de la lengua. El nuevo DPD, que dedica un gran espacio a dudas ortográficas (palabras que se escriben juntas o por separado, uso de mayúsculas y signos de puntuación...), tiene la virtud de estar avalado por el acuerdo unánime y la autoría conjunta de las veintidós Academias de la Lengua Española.

He leído por ahí que acusan a las academias americanas de claudicar ante los españoles en eso de que la ch no se considere ya una letra sino un dígrafo, pero no entiendo qué virtud de nacionalismo hay en este asunto, si la ch siempre fue un sonido (mejor dicho, un fonema) representado por dos letras, y su lugar en la inclusión del diccionario no tiene mayor relevancia que la de facilitar la consulta (también electrónica).
Algunos han pensado que la naturaleza histórica de la norma exime su cumplimiento, porque "no admite una comprobación científica" (en particular respecto a que no se dice haiga, sino haya, aunque el español clásico lo admitiera). Por eso habría que admitir la granaceptación que tiene, hasta en la nomra culta peruana, la pluralización del verbo haber en frases impersonales: habían personas, hubieron problemas... La norma es una creación cultural, que se basa, en cualquier caso, en un prestigio real que reside en la conciencia de la mayoría de los hablantes. Todos podemos cometer errores, pero sabemos de alguna manera que hay un ideal que debemos respetar, y las Academias no hacen sino presentar de forma clara este ideal "estandarizado" de alguna manera (por ello han de estar atentos a la expresión literaria que lo refleja). La “omnipotente” ciencia moderna, con una visión estructuralista, pretendió no tomar en cuenta ningún aspecto subjetivo en el estudio del lenguaje y las normas se despreciaban considerándolas tradiciones absurdas y anticuadas. La presión fue tanta que la Academia no ha publicado una Gramática normativa desde 1931. En 1973 publicó un Esbozo con idea de que sirviera como base para una discusión colegiada. Alarcos publicó su Gramática de la lengua española en 1994 bajo el sello académico, pero con la condición de que no se le otorgara valor normativo.
El Diccionario panhispánico de dudas abre ahora el camino de un nuevo consenso entre los académicos, principalmente porque el público hispanohablante (en especial los medios de comunicación, las administraciones públicas y el sistema educativo) ejercen como nunca presión en sentido contrario. Exigen que la Academia dicte normas claras e "inapelables"; no quieren discusiones científicas, sino soluciones precisas a las dudas concretas que presenta el uso cotidiano del lenguaje. En su ausencia, varios medios de comunicación impusieron sus propias normas de estilo, como el Manual de español urgente que elaboró la Agencia EFE y los “Manuales de estilo” que formularon muchos periódicos, como El Comercio. El mercado editorial vio aquí un rico filón y las librerías se llenaron de normas de "español correcto", cuyas ventas no dejaban de crecer, informando pero también confundiendo al público con opiniones normativas no académicas que, en última instancia, se basaban en el criterio (más o menos acertado) del autor o grupo de autores (casi siempre peninsulares) que eran mirados con envidia por los lingüistas "científicos" por los suculentos ingresos que obtenían con ello. Esto ya había pasado en el siglo XIX y fue Arona quien puso la voz de alarma frente a esas "ultramarinas gramáticas de Castilla" que querían imponer una norma peninsular hasta en el más nimio detalle. El reto es, siempre, la unidad ideal en el marco de la diversidad de realizaciones y la multitud de diferencias dentro de un sólido conjunto de coincidencias.
Por fin las Academias han puesto las cosas en su sitio y nos han brindado un instrumento realmente válido para todos los hispanohablantes. Las Academias preparan además la nueva edición de su Gramática, que quiere ser también panhispánica, con respeto por las variedades dialectales pero con sentido de la norma y también fundamentos científicos para la explicación de todos los aspectos minuciosamente descritos. Mientras el alemán y el portugues afrontan con no pocos debates y resistencias reformas ortográficas constituidas sin el consenso suficiente, el castellano reafirma su voluntad de mantenerse, como decía Bello, como signo de fraternidad entre las naciones.
Como toda obra humana, el Diccionario panhispánico de dudas será perfectible y sus normas habrán de renovarse con cierta periodicidad, con el auxilio (no el bloqueo) de la ciencia lingüística. Pero la suerte está echada. Es un regreso sin retorno al camino propio y adecuado que asegura, una vez más, larga vida a las Academias de la Lengua.


Artículo publicado en la Revista Época (Piura) Nº 372-2006.

lunes, 17 de noviembre de 2008

El acabose

En la anterior entrega vimos un caso estrepitoso de confusión gramatical. Ahora la estupidez llena la pantalla, porque lo que resulta ya intolerable es que por hacerse los graciosos o los modernos y "bacancitos", algunos pongan nombres comerciales mezclando churras con merinas, el tocino con la velocidad y yucas con camotes, poniendo la coma del genitivo sajón a una locución tan castellana como ocurre en el caso aludido arriba. Y todavía con tilde. Es que cuando la ignorancia se junta con el afán de sobresalir la idiotez puede no tener límites.
Tal vez es que todo aquello de la ortografía y la gramática se les ha pasado desapercebido, como dice el anuncio. Temo que lo que vamos a lucir diferente a lo que vamos somos justamente los pocos que intentamos todavía cuidar nuestra redacción y defendemos el valor de enseñar gramática (y no vagas teorías de comunicación que no resuelven nada) en la enseñanza. Si no es tan fácil escribir sin cometer errores de cuando en cuando, qué será cuando no se han adquirido las herramientas necesarias. Ojalá no se convierta en un estilo.

Día de perros

Últimamente no tengo tiempo de contribuir a esta campaña de salud gramatical pero frente a esta estupidez que se publicó la semana pasada en un medio local no he podido sino reaccionar inmediatamente. Porque hay muchos que usan este engendro de poner una ese con una comilla para poner el plural en palabras raras, preferiblemente extranjerismos del inglés..., que no admiten fácilmente una adaptación morfológica a nuestro castellano (para decir: pítbules, cosa que no es cosa fácil). Los anglicismos se adaptan siempre que pueden: scanners>escáneres, standars>estándares, pero no siempre es posible. Así que la mejor solución que tienen algunos es añadir la marca de plural del inglés con una coma que les parece muy "british" aunque en realidad esa abreviación marca la antigua forma del genitivo sajón: Peter's book, es decir "el libro de Pedro". Otras veces ponen la ese tal como está en inglés, estableciendo un nuevo paradigma morfológico para el plural castellano:
Lo mejor me parece que es dejar la palabra como está y expresar el plural mediante numerales o mediante el artículo, tal como se hace con tantos términos cuyo plural es difícil o invisible: la/las crisis, el/los currículum, el/los campus. Así resuelve la cuestión el mismo periódico que cometió el primer desliz:

Indudablemente es una solución mucho más elegante y sencilla, aunque nuestra conciencia gramatical se resiente un poco porque la expresión de número es muy intensa en castellano (aparece en el sustantivo y en el verbo y obliga a concordar, salvo excepción, en todos los casos). Aunque resulta poco frecuente, esta es una solución posible y amable con el idioma. Las dos anteriores son (un poco o un muchísimo) más agresivas.
Otra solución es la que empleó el primer reportero en el cuerpo de la noticia: "dos perros de raza pitbull". O este último: "dos perros pitbull". Lo ideal es poner el anglicismo en cursiva (para indicar que todavía no adaptado del otro al castellano). En ningún caso se pone en mayúscula porque no es un nombre propio, sino un término genérico. Sería también una alienación pensar que las palabras inglesas se escriben en mayúscula porque parecieran tener así un adecuado realce.
De paso que hay que preocuparse por la desidia y el descuido en que está la ciudad con tantos perros callejeros y no tan callejeros. La Municipalidad debe poner en funcionamiento una perrera, como ya se ha propuesto, lo antes posible. Pero sobre todo los dueños de los perros tienen que ser más responsables o bien irse a la cárcel por causar desgracias como éstas. Los pobres perros son inocentes, dirán algunos. Pero debemos protegernos de ellos y de los malos ciudadanos que por flojera, desidia o irresponsabilidad propician hechos tan lamentables.

viernes, 31 de octubre de 2008

Una raya más al tigre

Es una locución muy peruana ésta que presentamos y me encanta por la fuerza de su expresividad y lo ingenioso de su motivación, puesto que, efectivamente, un tigre tiene tantas rayas que ya uno se cansa de contarlas. Así pues, con este sentido de "un fracaso más, qué importa", como dice la canción, compruebo el despiste que gobierna a nuestros modenos escribanos en lo que respecta a la consecutio temporum, o correlación temporal. Que el tal desconocimiento de algo que todavía está por suceder está pidiendo a gritos la forma correspondiente al futuro imperfecto de indicativo del verbo culminar: "Se desconoce cuándo culminarán". Asimismo, el relativo que sigue no queda bien con el presente de subjuntivo y debió decirse, para más comodidad: "labores que buscan superar este nuevo problema". En lugar de todo esto, el redactor hizo un himno al subjuntivo de marras: "Se desconoce cuándo culminen las obras que superen este nuevo problema". El problema efectivamente es nuevo, porque se ve que se está confundiendo cada vez más el paradigma de las conjugaciones verbales en las correlaciones temporales de completivas y relativas, especialmente en eventos pasados que ya no tienen relación con el presente, como hemos visto en otro lugar. En ese caso se puede hablar de una neutralización del sistema verbal, pero en este en que nos encontramos rayados sólo puede esgrimirse como justificación el descuido o la ignorancia de la gramática.
De paso de novedades, vean que el artículo comienza pletóricamente repitiendo en tres formas la misma palabra (porque se trata sin duda de una novedad nuevamente nueva), y lo hace como quien no quiere la cosa, en flagrante redundancia (miren que no digo: "redundamiento", "rebundamiento" ni tampoco "rebuznamiento", que de todo hay) verdaderamente insoportable.

jueves, 9 de octubre de 2008

Abreviatura para millones



Hay que reconocer que no disponemos en castellano de una convención respecto a una abreviatura de millones. En realidad, la costumbre nos obliga a escribir siempre la palabra completa: 350 millones, 2.5 millones. Este titular refleja un intento de dar una forma abreviada a la palabra de manera rudimentaria, escribiendo todas las consonantes, aunque lo más correcto hubiera sido escribir también las vocales. En México se utiliza como abreviatura usual mill.

Son similares las abreviaturas de metro (m) y de minuto (min).

La trascripción de las cifras presenta diferencias que complican las cosas en las transacciones comerciales entre países. En Perú, México y Puerto Rico se acostumbra a utilizar, como en inglés, la coma abajo para los miles: s/2,500 (dos mil quinientos soles) y el punto para los decimales s/2.50 (dos soles con cincuenta céntimos). En otros países hispánicos se utiliza, como en España, la coma arriba para los decimales: 3'5 euros, y el punto para miles o millones: 1.400.000 euros. Esta es la convención que utiliza también wikipedia, por si acaso, aunque utiliza la coma abajo: 3,5 euros, para decimales. Es preferible utilizar 1,5 millones que poner 1.500.000.

Otro problema es que en España no se acostumbra a reemplazar igualmente los miles, como sí se hace normalmente en América: 55 mil personas, s/300 mil nuevos soles.

Por último, el término billón significa 'un millón de millones', o sea un uno seguido de doce ceros, mientras que en inglés y en portugués significa 'mil millones', o sea un uno seguido de nueve ceros. En los tres casos, de todos modos, se abrevia con las letras bn.

jueves, 2 de octubre de 2008

Disparate sin control



Siempre hay tiempo para encontrar la burrada de tus sueños, y en este caso salió de la boca de un connotado contralor que participó del anterior gobierno de Alejandro Toledo.

Pues bien, acusa a su predecesor de haber mantenido una relación de "concubinato" con el expresidente Alberto Fujimori. En realidad no he hecho la pesquisa, pero si revisáramos los cuadernillos por los que Chile concedió la extradición de Fujimori al Perú seguramente no encontraremos ningún delito de este tipo. Y no me meto en la vida privada de nadie.

Es que seguramente quiso decir que el señor Caso Lay y el ciudadano Alberto Fujimori habrían actuado "en complicidad" o más bien "en connivencia" para presuntamente aprobar algunas leyes en su propio beneficio. Y como no le salía la palabra o más bien se confundía con un parónimo que le pareció inadecuado, porque nunca mantuvieron una relación de "convivencia" (cuando en el país el término "conviviente" ha adoptado por eufemismo las acepciones de lo que siempre se llamó "amante", "querida" o otras cosas más groseras), entonces cambia el concepto por el derivado de otra palabra parecida y termina diciendo algo absurdo y absolutamente disparatado, aunque realmente divertido.

Lo único que le podemos reconocer al redactor es que no se trata de un error gramatical, sino de una confusión del léxico. Con la cantidad de diccionarios que vagan por el mundo es una pena que el contralor (o el periodista) no tengan la fortuna de contar con ninguno. Para no complicarse con complicidades, ni complacencias, ni otras cosas por el estilo.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Equipamiento completo

No hacen falta palabras para considerar este caso garrafal en que se confunde todo y además cabe dentro de un spa. El prestigio no parece encontrarse precisamente en la corrección idiomática del propietario.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Traficantes de petróleo


Otra vez la gramática se muestra escurridiza en ese difícil pasadizo que nos lleva desde lo que queremos decir al punto en que decimos algo, obteniendo un resultado ambiguo: significa dos cosas opuestas al mismo tiempo. Claro que nuestras expectativas permiten entender que los que traen combustible ecuatoriano (de contrabando, a este lado de la frontera en el extremo norte peruano), son intervenidos por la policía acusados de "traficantes de petróleo".
Pero cabría entender que unos supuestos policías peruanos dedicados en sus horas libres a dicho tráfico se dedican a intervenir a los vehículos usando ellos mismos combustible de contrabando (que es notoriamente más barato). Menos mal que esta interpretación, que resultaría un poco infamante, no es la verdadera ni tampoco la primera que viene a la mente de los lectores.
No se pierdan el detalle final: los delincuentes querían llevarse el combustible incautado "con ayuda del abogado", por lo cual entendemos que los abogados hacen también de porteadores.

Discordancia calamitosa


"La piel de un indio no cuesta caro", ironizaba Julio Ramón Ribeyro en uno de sus relatos de La palabra del mudo. En este caso parece que definitivamente la piel es gratuita en este consultorio dermatológico que ofrecía servicios de diagnóstico hace ya unos años mediante el presente volante.
Si hubiera colocado correctamente la concordancia del género en el adjetivo la cosa se hubiera entendido mejor, es decir, se hubiera entendido lo que realmente se quería decir. Para que luego digan que la gramática no sirva para nada.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Delito de ambigüedad


Los titulares de prensa hispanoamericanos suelen omitir sistemáticamente todos los artículos y algunas preposiciones no imprescindibles llegando a crear un discurso telegráfico altamente económico. En prosa corriente se diría que "impiden un robo a un cambión de Backus buscando un botín de 30 mil [soles].
Lo que no se puede perdonar en este caso es que el gerundio buscando produce una ambigüedad bien chistosa, porque no se sabe si los que buscan el botín son los ladrones (que es de suponer) o los que impiden el robo a los mismos, ya que en principio el gerundio comparte siempre el sujeto del verbo principal (en este caso, los que impiden).
Nuestro sentido común es más fuerte que nuestra competencia gramatical pero aun así queda un poco oscurecido el sentido de la noticia por culpa de la impericia del redactor.

lunes, 25 de agosto de 2008

La coma no se come


Este discreto comercial insertado en un folleto el año pasado nos brinda una maravillosa muestra de la importancia de los signos de puntuación. Bajo el nombre de la marca comercial se puede leer el lema publicitario: "Línea de cremas para piernas de uso diario". Así que las personas que no usan sus piernas todos los días pueden hacer caso omiso del mensaje y pasar a otra cosa mariposa. ¿O es que quiso decir que la crema se podía aplicar diariamente? Entonces debió, simplemente, colocar una coma luego de "piernas". Así de fácil. Y es que puntos y comas también deberían ser "de uso diario" y no una cosa de uso tan ocasional en estos tiempos tan modernos.

lunes, 18 de agosto de 2008

Adjetivo sin plural


No es un error, sino una dificultad que presenta el castellano en la formación del plural. Cuando la palabra termina en -y griega, la norma consiste en añadir -es para formar el plural: buey-es, rey-es, maguey-es, cuy-es, etc. El problema es que en castellano son escasos los sustantivos que presentan ese final y más aún no hay ningún adjetivo que lo presente. El habla coloquial española creo guay, que vale para cualquier cosa: un libro guay, una fiesta guay, una persona guay... para decir, más o menos, que a uno le parece excelente. En plural se añade -s directamente, contradiciendo la norma general: libros guays, personas guays, etc. Lo mismo con el adjetivo que se ha prestado del inglés para referirse a las personas homosexuales: gay-s (pronunciado "gueys"), igual que se añade a otros anglicismos similares: jersey-s, etc. Sin embargo, el titular del conocido periódico Clarín de Buenos Aires opta por fijar la forma del adjetivo sin darle la concordancia respectiva. Suele citarse el caso extraordinario del adjetivo isósceles, que no varía en su forma si se aplica a un sustantivo singular o plural: un triángulo isósceles / varios triángulos isósceles. Suele citarse porque es un caso único, dado que el adjetivo se ve impelido absolutamente a marcar la concordancia del número (no así del género, porque hay muchos comunes). Sea por influencia del inglés (lengua en la que no existe concordancia en el adjetivo y en la que es más fácil que un sustantivo se aplique como adyacente de otro), o por respetuosa precaución ante la norma, el titular de Clarín incorpora al selecto número de adjetivos sin variación de plural al neologismo de marras. De paso que sólo por la influencia del inglés se puede explicar la manía que les ha entrado a los arqueólogos de hacer lo mismo con gentilicios referentes a etnónimos prehispánicos de Sudamérica: ruinas inca, ceramios moche, áreas mapuche... Ya decía Rubén Darío que todos acabaríamos hablando inglés... hasta para hablar lo mismo de estas ricas culturas originarias.

lunes, 11 de agosto de 2008

Requiem por "sendos"


Como se puede comprobar en este recorte periodístico, cada vez son menos los que utilizan el pronombre distributivo "sendos", que significa 'uno para cada uno'. Ese valor tan abstracto parece que se hace cada vez más difícil de entender a algunos y lo confunden con otros pronombres como "varios", "ambos"..., o simplemente, como ocurre aquí, desaparece de la faz de la sintaxis. Pues en lugar de decir: "Dos niños heridos en partidos de fútbol", debió decir "en sendos partidos de fútbol". Igualmente cuando repite: "con las piernas rotas en dos partidos de fútbol", debió ser: "en sendos partidos de fútbol". O mejor: "con sendas piernas rotas en distintos partidos de fútbol".
Tal como lo dice, parecería que los pobres niños sufieron la rotura de sus piernas dos veces o que se rompieron una pierna en cada partido, cosa realmente imposible de creer. Francamente comparto la opinión de los policías, que sospechan que en realidad, a pesar de lo que dicen los padres, las roturas se dieron en un solo partido de fútbol, que más parece que fuera una batalla a tortazo limpio, pues en pocos minutos se diagnostica "fractura completa de peroné derecho" en un caso y "fractura de peroné y tibia tercio discal completo del lado izquierdo" en el otro, con ese gusto por dar todos los detalles médico-quirúrgicos que tienen los periódicos locales.
Hay un verdadero desconcierto en todo el mundo hispánico en el uso de "sendos". Esuchamos que "Sendos congresistas presentaron esa ley", cuando debe decirse que "Los congresistas presentaron sendas leyes", si es que cada uno presenta la suya, o que "presentaron juntos dicha ley", si es que se tratara de una sola. En definitiva, se manifiesta el injusto menosprecio en que se ha situado a la enseñanza de la gramática y la incompetencia que en este terreno comunicativo se encuentran muchos hablantes. Las reformas educativas insisten en enseñar "comunicación" pero evaden o ignoran supinamente lo que constituye la estructura de la comunicación misma, que es la gramática, que no es otra ni distinta al nivel discursivo o textual que al nivel oracional, pues el modo de funcionar de la lengua es siempre una misma gramática, que puede ser vista desde un ángulo más amplio (todo el discurso) o más estrecho (cada uno de los segmentos que la componen).
No se puede entender la una sin la otra.

Epidemia de queísmo


El conocido DEQUEÍSMO es una incorrección que se está extendiendo sobremanera en todo el español. Consiste en confundir el objeto directo con el suplemento, y así se emplea la preposición “de” con verbos transitivos que en una oración simple nunca lo emplearían: *Nos prohibió de que entráramos. Nunca decimos: *Nos prohibió de esto. Así tampoco son correctas las oraciones:

(1) *Nos explicaba de que en la industria se halla el progreso.
(2) *Dile de que está cansado
(3) *Piensa de que suspenderá el examen.

Porque no decimos: *Nos explicó de ello. *Dile de eso. *Piensa de esto. Tales verbos tienen un régimen gramatical que exige la presencia de un objeto directo en su estructura argumental (son transitivos como decía la gramática tradicional). Es una función que puede verse reprsentada por el pronombre “lo”: Lo explicaba, Lo dice, Lo piensa, y no admite preposición “de” en ningún caso. Este dequeísmo es una construcción vulgar (muy extendida en todo el mundo hispánico) que debemos evitar a toda costa. Se produce por confusión con algunos verbos (entre ellos los de voz media). Estos efectivamente exigen suplemento, y suelen pedir la preposición “de”:

(4) Me burlé de que tenía hambre.
(5) Habló de que la guerra terminaría pronto.
(6) Trataremos de que esto no se repita.

Efectivamente decimos: Me burlé de su hambre. Habló del fin de la guerra. Trataremos de ello. Son verbos que se construyen con un complemento preposicional que Lázaro Carreter bautizó como suplemento. En el Perú se corrige con frecuencia del dequeísmo, sobre todo en el habla culta, pero por un exceso de celo, en numerosos casos, se comete un error en sentido contrario quitando la preposición de en frases como (4), (5) y (6) y casi nunca se corrige esta forma de ‘ultracorrección’ que llamamos QUEÍSMO.

Como no es sentido como error o incorrección lo encontramos en muchos ejemplos de obras literarias de escritores de reconocido prestigio como Ribeyro, Scorza o Vargas Llosa: “Hizo entonces una lista de lo que le faltaba y se dio cuenta que le faltaba todo.”[1] “No se percató que el doctor Montenegro no se dignaba probar ni una hilacha...”[2] “¿Estás seguro que no es alcohol de cuarenta, primo?"[3]

Está claro que la confusión entre el suplemento y el objeto directo se establece porque son sintagmas semánticamente equivalentes, aunque difieran sintácticamente. Ambas funciones restringen de la misma manera el significado del verbo. Asimismo, hay una tendencia en español a dotar a la conjunción que de una suerte de funcionamiento como de "conector universal", lo que también estaría coadyuvando a esta confusión y la hace más explicable.

Un buen periodista, sin embargo, debe saber un poco más de gramática para no cometer errores como éste. Por el bien del idioma.

REFERENCIAS:

[1] Julio Ramón Ribeyro, La palabra del mudo, Lima, Milla Batres, 1989, pág. 207. Otro ejemplo en pág. 162: “Memo escuchaba estas palabras sin inmutarse, pero terminó por darse cuenta que eran el inicio de hostilidades muchísimo más sutiles.” Y en pág. 67:“me di cuenta que estaba todo mojado.”
[2] Manuel Scorza, Redoble por Rancas, Lima, 1970, pág. 43.
[3] Mario Vargas Llosa, La casa verde, Barcelona, Argos-Vergara, 1979, pág. 64.

Promedios poco matemáticos


Los números y las letras parecen enemigos irreconciliables, pero no tanto pues todos los conceptos y operaciones matemáticas pueden decirse en palabras, por esa extraña efabilidad por la que las lenguas pueden expresar, en principio, cualquier aspecto de la realidad, salvo que la ignorancia o la incompetencia lo impidan…, aunque tal vez las palabras no basten realmente para expresar “aquella sacudida de mi corazón” de la que hablaba César Vallejo en Más allá de la vida y de la muerte.
Así que puedo decir en palabras que la raíz cuadrada de nueve es tres, o expresarlo mediante símbolos y signos que constituyen una formalización internacional (que debe mucho, por cierto, a los sabios hindúes). Mas si bien los números se rigen por propiedades naturales inalterables, las palabras son convenciones totalmente inermes frente a la inexorabilidad del cambio y es la misma arbitrariedad que las expone a ello lo único que a la vez las defiende, puesto que si no hay razones para llamar “dos” a la suma de uno más uno, no hay tampoco ningún motivo para dejar de hacerlo.
En la lengua común todo puede pasar y así entendemos por qué el verbo “promediar” ha venido a adquirir en todo el Perú (tal vez también en otros países) significados muy distintos a la acepción numérica recogida en el diccionario: ‘determinar el promedio’, es decir, el ‘término medio’ entre dos o más cantidades. Tampoco se explican por el sentido que se le da al término en la lengua común de ‘repartir algo en dos partes’ o, dicho de un periodo de tiempo, ‘llegar a la mitad’.
Así pues, al lado de expresiones matemáticas como “el promedio que calculamos en el índice de precios”, encontramos con obsesiva frecuencia frases como “al promediar las 6.00 de la mañana”, “al promediar las 10:30 de la noche”, que son ubicaciones temporales tan precisas que no permiten hallarles ningún promedio, y es ya una locución preposicional, que significa “aproximadamente a [las tales o cuales horas]”. Sólo así se explicaría este texto: “fueron llamados a la base central del programa al promediar el mediodía”, que encontramos en un medio local. Y es que en ningún otro sitio se puede “promediar” lo que ya está en el justo medio del espacio temporal del día.
Pueden encontrarse multitud de ejemplos similares en toda la prensa nacional, con las horas dichas igualmente en cifras o en letras: “al promediar las 11 de la mañana”; “al promediar la una de la tarde”; “al promediar las 05:30 a.m.”; “al promediar las 20.45 horas, o “al promediar las 07.00 horas”. Matemáticamente hablando todas esas expresiones serían absurdas.
La explicación de este imposible matemático proviene de la frecuencia con que se dan promedios “aproximados” en los informes estadísticos que trasmite la prensa. Para no aburrir al público con cifras llenas de decimales se emplean formas aproximadas o promedios redondeados: “aproximadamente, el 2,5% de la población”, “demora una media de dos años”, “como promedio, transcurren cinco años”, etc. El sustantivo “promedio” acaba adquiriendo el significado del término restrictivo “aproximado” y la locución “al promediar” termina indicando “proximidad” a cierto momento temporal. Así también se aplica a cantidades más o menos redondas para indicar el total aproximado de algo: “Con un promedio de cien intervenciones quirúrgicas de alto nivel”, indica así un rotativo piurano no un promedio mensual o anual de intervenciones. Se trata en realidad de que “hasta el momento” se han realizado (en total) algo más de cien operaciones.
Lo que constituye un error se convierte en un cambio cuando la mayoría de los hablantes lo aceptan y lo usan, y alcanza a la norma de un espacio lingüístico. Habría que indagar en qué momento se inició el cambio, pero da la impresión de que fuera una expresión más bien reciente, y todavía no está del todo aceptada la expresión. Su origen estriba no en la acepción matemática del término, sino en su uso común como punto medio de un espacio de tiempo. En un relato del regionalista José Vicente Rázuri (1952), encontramos el término todavía a medio camino entre el sentido general y la nueva acepción: “Al promediar la primera decena del presente siglo”. De ahí no hay grandes dificultades para que un corrimiento semántico lleve a decir “aproximadamente” en lugar de “a mediados”.
Es justamente el inquieto lenguaje periodístico el que crea esta locución preposicional, equivalente a “en torno a” que encontramos todos los días en las noticias locales o nacionales, lo que indica el poder creativo que tienen los medios de comunicación y su gran responsabilidad para con el idioma. De ahí que no lo encontraremos tan fácilmente en el habla común, aunque finalmente terminará contagiándose hasta aceptarla como una innovación más.
Otro cambio que se anuncia en el verbo “promediar” afecta a su régimen gramatical, puesto que pasa de ser meramente transitivo a comportarse como verbo inacusativo en casos como “una economía con salarios que promedian 17 dólares mensuales”.
No sabemos si el uso noticioso proviene de la fuente cubana o de la redacción local, pero igual sólo importa ahora reconocer que la cifra se convierte no en el resultado sino en el objeto del promedio. Las matemáticas no engañan, pero mucho cuidado con las palabras, que son invenciones culturales y por ende, sí que son (más de lo que uno pudiera creer) bastante caprichosas.

El columnista se quinceó

Entre los cuantificadores del castellano hay dificultades y errores frecuentes, como el que encontramos en un reciente artículo sobre “el quinceavo inca”, en que observamos una vibrante muestra de descuido lingüístico (quinceavo en lugar de decimoquinto), cuando ataca con lenguaje feroz y creo que injusto a la alcaldesa de la ciudad, y es que a menudo los que más critican y más fastidian a los demás se olvidan de criticarse a sí mismos.

Los numerales cardinales se escriben en una sola palabra: diecinueve, veintiocho, pero por separado a partir de treinta y uno. Los ordinales se escriben por separado a partir de vigésimo primero. El primer elemento siempre pierde el acento de intensidad. Los numerales ordinales indican el orden en que se sitúan las personas o cosas (primer capítulo, sexto aniversario...) y son variables, por lo que concuerdan siempre con el sustantivo, aunque normalmente sólo lo hacen en el último de sus elementos: vigésimo cuarta oportunidad. Se apocopan: primer(o) y tercer(o).

Algunos presentaban formas en la época medieval que suenan hoy arcaicas: onceno, nono, quinceno, de donde proviene quincena. La mayoría de las formas fueron fijadas por la norma culta castellana especialmente a partir del Renacimiento, pero no en todos los casos, pues en lugar de decir decimoprimero y decimosegundo, es corriente usar las antiguas formas (sentidas aún hoy más correctas): undécimo y duodécimo. Es a partir del 13º cuando se forman siguiendo el uso latino: décimo tercero, décimo cuarto... vigésimo, vigésimo primero..., trigésimo (30º), cuadragésimo (40º), quinquagésimo (50º), sexagésimo (60º), septuagésimo (70º), nonagésimo (90º), centésimo (100º), duocentésimo (200º), milésimo (1000º); etc. Como son formas cultas de fonética a veces algo extraña, los hablantes los transforman, confunden o acortan a voluntad.

El error que se presenta aquí es frecuente y antiguo, puesto que decimos octavo y no ocheno: utilizar los fraccionarios en lugar de los ordinales, quizás por ser más sencillos en su construcción. Se dice equivocadamente catorceavo en vez de decimocuarto, quinceavo en vez de decimoquinto, etcétera. Pero no se trata de la quinceava parte de una cosa, sino el decimoquinto lugar en un orden. El error se repite en todos los dialectos hispánicos y dependiendo de la instrucción y del acceso a la lengua culta los hablantes son más o menos conscientes de esta norma, aunque algunos presumen de ignorar todas. La torpeza hace caer a muchos:

"Aníbal aprovechó que un ascensor se detenía para colarse.
-Al veinteavo, García -dijo al ascensorista (...)" [1]

Julio Ramón Ribeyro hace hablar así al protagonista de "Espumante en el sótano", un pobre funcionario que ha visto prosperar a su antiguo compañero de la mesa de partes, y sube a las oficinas de los altos cargos del Ministerio de Educación mientras él sigue siendo el señor que hace copias fotostáticas en el sótano, luego de veinticinco años de servicio. Aníbal Hernández habla con la impericia propia de "un hombre humilde" que invita a los compañeros, para celebrarlo, a un "modesto ágape" que no es más que una copa de espumante.

Por fortuna en castellano sólo se emplean con alguna frecuencia los ordinales justamente hasta el vigésimo. A partir del décimo, además, puede usarse los cardinales del mismo modo: puesto decimoséptimo es igual que decir puesto diecisiete. Así que el columnista pudo decir: quinceno inca o inca quince si es que no quería decir, como se debe decir, decimoquinto inca.

El comentarista se quinceó en esta ocasión (y volvió a "quincearse" en el párrafo segundo). De paso que quincearse es un peruanismo que sólo está registrado en el Vocabulario de Miguel Ángel Ugarte Chamorro (1997), aunque con las acepciones 'amilanarse, acobardarse' (p. 250), cuando el uso se ha extendido ya al ámbito de las torpezas y equivocaciones que se dan como resultado no sólo de la cobardía, sino de la absoluta temeridad. Un estudio dirigido por dos profesores de la Universidad de San Agustín determinó que en el ámbito de la equivocación el verbo quincearse tenía una proporción de uso del 12.5% frente al 38% del también coloquial paltearse, entre otras expresiones equivalentes, por lo que tiene un uso menos extendido, tal vez por ser más reciente.[2] Al menos no se registra en la prensa peruana.

En el texto de la noticia hay otros descuidos, principalmente en el uso de los signos de puntuación, el queísmo del primer párrafo: "estamos seguros que este empreador ha nacido en Piura", y especialmente el uso de los tiempos verbales: "Sinceramente yo pensé que la agresión física de un funcionario público tuviera repercusiones" (en lugar del condicional: tendría), y al contrario: "Si las cosas se resolverían así, a patada limpia" (en vez de, ahora sí, el imperfecto de subjuntivo: se resolvieran).

Todos podemos cometer errores, pero con un poco más de cuidado (y menos agresividad) el comentario hubiera tenido una mayor fuerza persuasiva y, sin duda, ayudaría también a mejorar y calmar la situación misma de la ciudad que tan fervientemente defiende.

NOTAS:
[1] Ver Julio Ramón Ribeyro, La palabra del mudo, Lima, Milla Batres, 1989, pág. 126.
[2] Ver Claret Cuba y Cárol Deglané, Variantes léxicas en los estudiantes de las Universidades UNSA y UNMSM. Biblioteca digital de la Universidad de San Marcos.

Concordancia imposible


La concordancia en castellano es muy restrictiva puesto que obliga a presentar la forma del género y el número del sustantivo en todos los adjetivos, determinantes y artículos que lo acompañan.

En este titular el periodista se encontró con una situación casi insalvable, porque el adjetivo anglicanos no debe en realidad concordar con obispos, sino con mujeres. Debio decir anglicanas, pero lo que quería decir es que se había ordenado a personas del sexo femenino, es decir, mujeres para el cargo eclesiástico de obispos, que es un sustantivo masculino que aparece apuesto aquí al núcleo del objeto directo, dentro de la iglesia anglicana. En el cuerpo de la noticia el laberinto se resuelve de mejor manera: "la aprobación por la Iglesia anglicana de la ordenación de mujeres obispos".

El lenguaje nos permite decir con total libertad lo que nos plazca, incluso cosas que no son verdad o cosas así de sorprendentes, pero evidentemente no está preparado para resolver discordancias tan severas como ésta tan fácilmente.