lunes, 25 de agosto de 2008

La coma no se come


Este discreto comercial insertado en un folleto el año pasado nos brinda una maravillosa muestra de la importancia de los signos de puntuación. Bajo el nombre de la marca comercial se puede leer el lema publicitario: "Línea de cremas para piernas de uso diario". Así que las personas que no usan sus piernas todos los días pueden hacer caso omiso del mensaje y pasar a otra cosa mariposa. ¿O es que quiso decir que la crema se podía aplicar diariamente? Entonces debió, simplemente, colocar una coma luego de "piernas". Así de fácil. Y es que puntos y comas también deberían ser "de uso diario" y no una cosa de uso tan ocasional en estos tiempos tan modernos.

lunes, 18 de agosto de 2008

Adjetivo sin plural


No es un error, sino una dificultad que presenta el castellano en la formación del plural. Cuando la palabra termina en -y griega, la norma consiste en añadir -es para formar el plural: buey-es, rey-es, maguey-es, cuy-es, etc. El problema es que en castellano son escasos los sustantivos que presentan ese final y más aún no hay ningún adjetivo que lo presente. El habla coloquial española creo guay, que vale para cualquier cosa: un libro guay, una fiesta guay, una persona guay... para decir, más o menos, que a uno le parece excelente. En plural se añade -s directamente, contradiciendo la norma general: libros guays, personas guays, etc. Lo mismo con el adjetivo que se ha prestado del inglés para referirse a las personas homosexuales: gay-s (pronunciado "gueys"), igual que se añade a otros anglicismos similares: jersey-s, etc. Sin embargo, el titular del conocido periódico Clarín de Buenos Aires opta por fijar la forma del adjetivo sin darle la concordancia respectiva. Suele citarse el caso extraordinario del adjetivo isósceles, que no varía en su forma si se aplica a un sustantivo singular o plural: un triángulo isósceles / varios triángulos isósceles. Suele citarse porque es un caso único, dado que el adjetivo se ve impelido absolutamente a marcar la concordancia del número (no así del género, porque hay muchos comunes). Sea por influencia del inglés (lengua en la que no existe concordancia en el adjetivo y en la que es más fácil que un sustantivo se aplique como adyacente de otro), o por respetuosa precaución ante la norma, el titular de Clarín incorpora al selecto número de adjetivos sin variación de plural al neologismo de marras. De paso que sólo por la influencia del inglés se puede explicar la manía que les ha entrado a los arqueólogos de hacer lo mismo con gentilicios referentes a etnónimos prehispánicos de Sudamérica: ruinas inca, ceramios moche, áreas mapuche... Ya decía Rubén Darío que todos acabaríamos hablando inglés... hasta para hablar lo mismo de estas ricas culturas originarias.

lunes, 11 de agosto de 2008

Requiem por "sendos"


Como se puede comprobar en este recorte periodístico, cada vez son menos los que utilizan el pronombre distributivo "sendos", que significa 'uno para cada uno'. Ese valor tan abstracto parece que se hace cada vez más difícil de entender a algunos y lo confunden con otros pronombres como "varios", "ambos"..., o simplemente, como ocurre aquí, desaparece de la faz de la sintaxis. Pues en lugar de decir: "Dos niños heridos en partidos de fútbol", debió decir "en sendos partidos de fútbol". Igualmente cuando repite: "con las piernas rotas en dos partidos de fútbol", debió ser: "en sendos partidos de fútbol". O mejor: "con sendas piernas rotas en distintos partidos de fútbol".
Tal como lo dice, parecería que los pobres niños sufieron la rotura de sus piernas dos veces o que se rompieron una pierna en cada partido, cosa realmente imposible de creer. Francamente comparto la opinión de los policías, que sospechan que en realidad, a pesar de lo que dicen los padres, las roturas se dieron en un solo partido de fútbol, que más parece que fuera una batalla a tortazo limpio, pues en pocos minutos se diagnostica "fractura completa de peroné derecho" en un caso y "fractura de peroné y tibia tercio discal completo del lado izquierdo" en el otro, con ese gusto por dar todos los detalles médico-quirúrgicos que tienen los periódicos locales.
Hay un verdadero desconcierto en todo el mundo hispánico en el uso de "sendos". Esuchamos que "Sendos congresistas presentaron esa ley", cuando debe decirse que "Los congresistas presentaron sendas leyes", si es que cada uno presenta la suya, o que "presentaron juntos dicha ley", si es que se tratara de una sola. En definitiva, se manifiesta el injusto menosprecio en que se ha situado a la enseñanza de la gramática y la incompetencia que en este terreno comunicativo se encuentran muchos hablantes. Las reformas educativas insisten en enseñar "comunicación" pero evaden o ignoran supinamente lo que constituye la estructura de la comunicación misma, que es la gramática, que no es otra ni distinta al nivel discursivo o textual que al nivel oracional, pues el modo de funcionar de la lengua es siempre una misma gramática, que puede ser vista desde un ángulo más amplio (todo el discurso) o más estrecho (cada uno de los segmentos que la componen).
No se puede entender la una sin la otra.

Epidemia de queísmo


El conocido DEQUEÍSMO es una incorrección que se está extendiendo sobremanera en todo el español. Consiste en confundir el objeto directo con el suplemento, y así se emplea la preposición “de” con verbos transitivos que en una oración simple nunca lo emplearían: *Nos prohibió de que entráramos. Nunca decimos: *Nos prohibió de esto. Así tampoco son correctas las oraciones:

(1) *Nos explicaba de que en la industria se halla el progreso.
(2) *Dile de que está cansado
(3) *Piensa de que suspenderá el examen.

Porque no decimos: *Nos explicó de ello. *Dile de eso. *Piensa de esto. Tales verbos tienen un régimen gramatical que exige la presencia de un objeto directo en su estructura argumental (son transitivos como decía la gramática tradicional). Es una función que puede verse reprsentada por el pronombre “lo”: Lo explicaba, Lo dice, Lo piensa, y no admite preposición “de” en ningún caso. Este dequeísmo es una construcción vulgar (muy extendida en todo el mundo hispánico) que debemos evitar a toda costa. Se produce por confusión con algunos verbos (entre ellos los de voz media). Estos efectivamente exigen suplemento, y suelen pedir la preposición “de”:

(4) Me burlé de que tenía hambre.
(5) Habló de que la guerra terminaría pronto.
(6) Trataremos de que esto no se repita.

Efectivamente decimos: Me burlé de su hambre. Habló del fin de la guerra. Trataremos de ello. Son verbos que se construyen con un complemento preposicional que Lázaro Carreter bautizó como suplemento. En el Perú se corrige con frecuencia del dequeísmo, sobre todo en el habla culta, pero por un exceso de celo, en numerosos casos, se comete un error en sentido contrario quitando la preposición de en frases como (4), (5) y (6) y casi nunca se corrige esta forma de ‘ultracorrección’ que llamamos QUEÍSMO.

Como no es sentido como error o incorrección lo encontramos en muchos ejemplos de obras literarias de escritores de reconocido prestigio como Ribeyro, Scorza o Vargas Llosa: “Hizo entonces una lista de lo que le faltaba y se dio cuenta que le faltaba todo.”[1] “No se percató que el doctor Montenegro no se dignaba probar ni una hilacha...”[2] “¿Estás seguro que no es alcohol de cuarenta, primo?"[3]

Está claro que la confusión entre el suplemento y el objeto directo se establece porque son sintagmas semánticamente equivalentes, aunque difieran sintácticamente. Ambas funciones restringen de la misma manera el significado del verbo. Asimismo, hay una tendencia en español a dotar a la conjunción que de una suerte de funcionamiento como de "conector universal", lo que también estaría coadyuvando a esta confusión y la hace más explicable.

Un buen periodista, sin embargo, debe saber un poco más de gramática para no cometer errores como éste. Por el bien del idioma.

REFERENCIAS:

[1] Julio Ramón Ribeyro, La palabra del mudo, Lima, Milla Batres, 1989, pág. 207. Otro ejemplo en pág. 162: “Memo escuchaba estas palabras sin inmutarse, pero terminó por darse cuenta que eran el inicio de hostilidades muchísimo más sutiles.” Y en pág. 67:“me di cuenta que estaba todo mojado.”
[2] Manuel Scorza, Redoble por Rancas, Lima, 1970, pág. 43.
[3] Mario Vargas Llosa, La casa verde, Barcelona, Argos-Vergara, 1979, pág. 64.

Promedios poco matemáticos


Los números y las letras parecen enemigos irreconciliables, pero no tanto pues todos los conceptos y operaciones matemáticas pueden decirse en palabras, por esa extraña efabilidad por la que las lenguas pueden expresar, en principio, cualquier aspecto de la realidad, salvo que la ignorancia o la incompetencia lo impidan…, aunque tal vez las palabras no basten realmente para expresar “aquella sacudida de mi corazón” de la que hablaba César Vallejo en Más allá de la vida y de la muerte.
Así que puedo decir en palabras que la raíz cuadrada de nueve es tres, o expresarlo mediante símbolos y signos que constituyen una formalización internacional (que debe mucho, por cierto, a los sabios hindúes). Mas si bien los números se rigen por propiedades naturales inalterables, las palabras son convenciones totalmente inermes frente a la inexorabilidad del cambio y es la misma arbitrariedad que las expone a ello lo único que a la vez las defiende, puesto que si no hay razones para llamar “dos” a la suma de uno más uno, no hay tampoco ningún motivo para dejar de hacerlo.
En la lengua común todo puede pasar y así entendemos por qué el verbo “promediar” ha venido a adquirir en todo el Perú (tal vez también en otros países) significados muy distintos a la acepción numérica recogida en el diccionario: ‘determinar el promedio’, es decir, el ‘término medio’ entre dos o más cantidades. Tampoco se explican por el sentido que se le da al término en la lengua común de ‘repartir algo en dos partes’ o, dicho de un periodo de tiempo, ‘llegar a la mitad’.
Así pues, al lado de expresiones matemáticas como “el promedio que calculamos en el índice de precios”, encontramos con obsesiva frecuencia frases como “al promediar las 6.00 de la mañana”, “al promediar las 10:30 de la noche”, que son ubicaciones temporales tan precisas que no permiten hallarles ningún promedio, y es ya una locución preposicional, que significa “aproximadamente a [las tales o cuales horas]”. Sólo así se explicaría este texto: “fueron llamados a la base central del programa al promediar el mediodía”, que encontramos en un medio local. Y es que en ningún otro sitio se puede “promediar” lo que ya está en el justo medio del espacio temporal del día.
Pueden encontrarse multitud de ejemplos similares en toda la prensa nacional, con las horas dichas igualmente en cifras o en letras: “al promediar las 11 de la mañana”; “al promediar la una de la tarde”; “al promediar las 05:30 a.m.”; “al promediar las 20.45 horas, o “al promediar las 07.00 horas”. Matemáticamente hablando todas esas expresiones serían absurdas.
La explicación de este imposible matemático proviene de la frecuencia con que se dan promedios “aproximados” en los informes estadísticos que trasmite la prensa. Para no aburrir al público con cifras llenas de decimales se emplean formas aproximadas o promedios redondeados: “aproximadamente, el 2,5% de la población”, “demora una media de dos años”, “como promedio, transcurren cinco años”, etc. El sustantivo “promedio” acaba adquiriendo el significado del término restrictivo “aproximado” y la locución “al promediar” termina indicando “proximidad” a cierto momento temporal. Así también se aplica a cantidades más o menos redondas para indicar el total aproximado de algo: “Con un promedio de cien intervenciones quirúrgicas de alto nivel”, indica así un rotativo piurano no un promedio mensual o anual de intervenciones. Se trata en realidad de que “hasta el momento” se han realizado (en total) algo más de cien operaciones.
Lo que constituye un error se convierte en un cambio cuando la mayoría de los hablantes lo aceptan y lo usan, y alcanza a la norma de un espacio lingüístico. Habría que indagar en qué momento se inició el cambio, pero da la impresión de que fuera una expresión más bien reciente, y todavía no está del todo aceptada la expresión. Su origen estriba no en la acepción matemática del término, sino en su uso común como punto medio de un espacio de tiempo. En un relato del regionalista José Vicente Rázuri (1952), encontramos el término todavía a medio camino entre el sentido general y la nueva acepción: “Al promediar la primera decena del presente siglo”. De ahí no hay grandes dificultades para que un corrimiento semántico lleve a decir “aproximadamente” en lugar de “a mediados”.
Es justamente el inquieto lenguaje periodístico el que crea esta locución preposicional, equivalente a “en torno a” que encontramos todos los días en las noticias locales o nacionales, lo que indica el poder creativo que tienen los medios de comunicación y su gran responsabilidad para con el idioma. De ahí que no lo encontraremos tan fácilmente en el habla común, aunque finalmente terminará contagiándose hasta aceptarla como una innovación más.
Otro cambio que se anuncia en el verbo “promediar” afecta a su régimen gramatical, puesto que pasa de ser meramente transitivo a comportarse como verbo inacusativo en casos como “una economía con salarios que promedian 17 dólares mensuales”.
No sabemos si el uso noticioso proviene de la fuente cubana o de la redacción local, pero igual sólo importa ahora reconocer que la cifra se convierte no en el resultado sino en el objeto del promedio. Las matemáticas no engañan, pero mucho cuidado con las palabras, que son invenciones culturales y por ende, sí que son (más de lo que uno pudiera creer) bastante caprichosas.

El columnista se quinceó

Entre los cuantificadores del castellano hay dificultades y errores frecuentes, como el que encontramos en un reciente artículo sobre “el quinceavo inca”, en que observamos una vibrante muestra de descuido lingüístico (quinceavo en lugar de decimoquinto), cuando ataca con lenguaje feroz y creo que injusto a la alcaldesa de la ciudad, y es que a menudo los que más critican y más fastidian a los demás se olvidan de criticarse a sí mismos.

Los numerales cardinales se escriben en una sola palabra: diecinueve, veintiocho, pero por separado a partir de treinta y uno. Los ordinales se escriben por separado a partir de vigésimo primero. El primer elemento siempre pierde el acento de intensidad. Los numerales ordinales indican el orden en que se sitúan las personas o cosas (primer capítulo, sexto aniversario...) y son variables, por lo que concuerdan siempre con el sustantivo, aunque normalmente sólo lo hacen en el último de sus elementos: vigésimo cuarta oportunidad. Se apocopan: primer(o) y tercer(o).

Algunos presentaban formas en la época medieval que suenan hoy arcaicas: onceno, nono, quinceno, de donde proviene quincena. La mayoría de las formas fueron fijadas por la norma culta castellana especialmente a partir del Renacimiento, pero no en todos los casos, pues en lugar de decir decimoprimero y decimosegundo, es corriente usar las antiguas formas (sentidas aún hoy más correctas): undécimo y duodécimo. Es a partir del 13º cuando se forman siguiendo el uso latino: décimo tercero, décimo cuarto... vigésimo, vigésimo primero..., trigésimo (30º), cuadragésimo (40º), quinquagésimo (50º), sexagésimo (60º), septuagésimo (70º), nonagésimo (90º), centésimo (100º), duocentésimo (200º), milésimo (1000º); etc. Como son formas cultas de fonética a veces algo extraña, los hablantes los transforman, confunden o acortan a voluntad.

El error que se presenta aquí es frecuente y antiguo, puesto que decimos octavo y no ocheno: utilizar los fraccionarios en lugar de los ordinales, quizás por ser más sencillos en su construcción. Se dice equivocadamente catorceavo en vez de decimocuarto, quinceavo en vez de decimoquinto, etcétera. Pero no se trata de la quinceava parte de una cosa, sino el decimoquinto lugar en un orden. El error se repite en todos los dialectos hispánicos y dependiendo de la instrucción y del acceso a la lengua culta los hablantes son más o menos conscientes de esta norma, aunque algunos presumen de ignorar todas. La torpeza hace caer a muchos:

"Aníbal aprovechó que un ascensor se detenía para colarse.
-Al veinteavo, García -dijo al ascensorista (...)" [1]

Julio Ramón Ribeyro hace hablar así al protagonista de "Espumante en el sótano", un pobre funcionario que ha visto prosperar a su antiguo compañero de la mesa de partes, y sube a las oficinas de los altos cargos del Ministerio de Educación mientras él sigue siendo el señor que hace copias fotostáticas en el sótano, luego de veinticinco años de servicio. Aníbal Hernández habla con la impericia propia de "un hombre humilde" que invita a los compañeros, para celebrarlo, a un "modesto ágape" que no es más que una copa de espumante.

Por fortuna en castellano sólo se emplean con alguna frecuencia los ordinales justamente hasta el vigésimo. A partir del décimo, además, puede usarse los cardinales del mismo modo: puesto decimoséptimo es igual que decir puesto diecisiete. Así que el columnista pudo decir: quinceno inca o inca quince si es que no quería decir, como se debe decir, decimoquinto inca.

El comentarista se quinceó en esta ocasión (y volvió a "quincearse" en el párrafo segundo). De paso que quincearse es un peruanismo que sólo está registrado en el Vocabulario de Miguel Ángel Ugarte Chamorro (1997), aunque con las acepciones 'amilanarse, acobardarse' (p. 250), cuando el uso se ha extendido ya al ámbito de las torpezas y equivocaciones que se dan como resultado no sólo de la cobardía, sino de la absoluta temeridad. Un estudio dirigido por dos profesores de la Universidad de San Agustín determinó que en el ámbito de la equivocación el verbo quincearse tenía una proporción de uso del 12.5% frente al 38% del también coloquial paltearse, entre otras expresiones equivalentes, por lo que tiene un uso menos extendido, tal vez por ser más reciente.[2] Al menos no se registra en la prensa peruana.

En el texto de la noticia hay otros descuidos, principalmente en el uso de los signos de puntuación, el queísmo del primer párrafo: "estamos seguros que este empreador ha nacido en Piura", y especialmente el uso de los tiempos verbales: "Sinceramente yo pensé que la agresión física de un funcionario público tuviera repercusiones" (en lugar del condicional: tendría), y al contrario: "Si las cosas se resolverían así, a patada limpia" (en vez de, ahora sí, el imperfecto de subjuntivo: se resolvieran).

Todos podemos cometer errores, pero con un poco más de cuidado (y menos agresividad) el comentario hubiera tenido una mayor fuerza persuasiva y, sin duda, ayudaría también a mejorar y calmar la situación misma de la ciudad que tan fervientemente defiende.

NOTAS:
[1] Ver Julio Ramón Ribeyro, La palabra del mudo, Lima, Milla Batres, 1989, pág. 126.
[2] Ver Claret Cuba y Cárol Deglané, Variantes léxicas en los estudiantes de las Universidades UNSA y UNMSM. Biblioteca digital de la Universidad de San Marcos.

Concordancia imposible


La concordancia en castellano es muy restrictiva puesto que obliga a presentar la forma del género y el número del sustantivo en todos los adjetivos, determinantes y artículos que lo acompañan.

En este titular el periodista se encontró con una situación casi insalvable, porque el adjetivo anglicanos no debe en realidad concordar con obispos, sino con mujeres. Debio decir anglicanas, pero lo que quería decir es que se había ordenado a personas del sexo femenino, es decir, mujeres para el cargo eclesiástico de obispos, que es un sustantivo masculino que aparece apuesto aquí al núcleo del objeto directo, dentro de la iglesia anglicana. En el cuerpo de la noticia el laberinto se resuelve de mejor manera: "la aprobación por la Iglesia anglicana de la ordenación de mujeres obispos".

El lenguaje nos permite decir con total libertad lo que nos plazca, incluso cosas que no son verdad o cosas así de sorprendentes, pero evidentemente no está preparado para resolver discordancias tan severas como ésta tan fácilmente.