sábado, 27 de junio de 2009

Solicitud denegada

En este titular encontramos un error gramatical muy simple: no se pueden coordinar dos elementos heterogéneos, un sustantivo (presupuesto) y un infinitivo (interceder). Por supuesto que los derivados verbales adquieren funciones nominales: querer es poder, vivir es caminar breve jornada, decía Quevedo. Pero hay un trecho entre la función nominal de un infinitivo que la adquiere por transposición de funciones a la sustantivación completa de un infinitivo (para lo cual se dota de todas las propiedades nominales: artículo, moción de plural...): el querer, el deber... Así si es posible unirlos , por cuanto hay homogeneidad estructural (en la sincronía funcional, aunque tengan origen diferente en la diacronía), y cabe decir: otorgar haberes y beneficios sociales.

martes, 16 de junio de 2009

Solecismo

La noticia es muy triste, pero no nos fijaremos en el contenido de la lamentable nota, sino en la expresión gramatical que la contiene y manifiesta.
El madrileño Ciro Bayo, "último cronista de las Indias", feroz crítico de las peculiaridades del español americano, luego de haber recorrido una buena porción de la América española escribió, en 1906, que "el pretendido lenguaje criollo fuera de algunos modismos y términos dialectales que, por designar cosas del Nuevo Mundo son desconocidos en la Península, no pasa de ser un bodrio de solecismos, barbarismos y demás fealdades gramaticales". Se excedía este bravo intelectual que refleja, como nadie, los peores prejuicios puristas de los españoles respecto a la forma de hablar de los hispanoamericanos. Esos prejuicios se acentuaron si cabe en esos años tras la independencia de Cuba, que supuso para los españoles un desastre por la pérdida de la isla (que para todos era una provincia más) y la vergüenza de una derrota sin paliativos por parte de la armada norteamericana, que se aprestó a recibir en sus brazos a la levantisca antilla.
En realidad esos prejuicios se asientan en hechos de la realidad: el castellano se sigue transformando y es en América donde los cambios parecen mostrar mayor vitalidad y menos pudor frente a la normativa académica, tanto así que afloran en los titulares periodísticos.
Y si se hiciera hoy un nuevo Appendix Probi que resaltara los errores que anuncian las transformaciones del mañana (porque las lenguas muchas veces cambian simplemente por error), en primer lugar habría que señalar la neutralización de los relativos. El latín dejó de serlo cuando se empezaron a confundir las terminaciones del nombre (la declinación) y finalmente vino a simplificarse en dos formas (singular y plural) con la ausencia o presencia de -s/-es final (cosas que Cicerón o Tito Livio hubieran encontrado inauditas y aberrantes). Y lo que le espera al castellano es la pérdida de la expresión del caso en el relativo. Al fin y al cabo es casi el punto final del mismo proceso, que quedó sin completar del todo.
Así pues, en la escuela nos enseñan que los pronombres relativos son que, quien, cual y cuyo. Y aprendemos que el relativo debe acompañarse de preposición: en que, con que, para que... siempre que lo requiera la función sintáctica del segmento en la proposición subordinada (relativa o transpuesta). Pero en todo el castellano este sistema se está transformando y simplificando y más aún en América, como se ve en el titular, en que en lugar de utilizar la marca funcional del aditmento: la bebita a la que le cayó una pared, se emplea solamente el relativo: la bebita que le cayó.
También por eso se olvida el uso de cuyo y en su lugar se emplea que con la marca del posesivo sólo en el sustantivo: el niño que su padre es periodista.
Las razones pueden ser muchas, pero básicamente es una: los dialectos "transplantados" de una lengua (como es el caso del español en América) suelen simplificar la lengua de la metrópoli y aliviarle de elementos funcionales no del todo económicos. En este caso, la función de dativo (complemento indirecto o simplemente complemento, en términos de Alarcos), ya está marcada en el le que antecede al verbo subordinado, por lo que el segmento a la que en el fondo es redundante (el español se caracteriza por ser una lengua bastante redundante gramaticalmente hablando).
La neutralización parece que también explicaría una reacción ultracorrecta en el uso de el cual en numerosos contextos en los que resulta innecesaria e incluso pedante: "convivir con una legislación laboral que genera informalidad es un problema, el cual se acrecienta con propuestas desfasadas".
El español americano no es peor o mejor que el español peninsular, pero como ocurría en Soles (Cilicia), donde los descendientes de los griegos invasores perdían "la pureza de su lengua patria", no hay duda de que en América la lengua se muestra más desenfadadamente innovadora que en la vieja España, donde estos mismos procesos o errores más graves aún están en marcha. Tal vez por esa presunción de creerse dueños del idioma (todavía latente), creen que los americanos hablan peor y deben corregir cosas como la pluralización de haber impersonal, aunque no se apliquen ellos tampoco (en el caso del leísmo, por ejemplo, en que América se muestra más correcta) la receta respectiva. Otro día hablaremos más de ello.
La corrección es un esfuerzo colectivo constante pero a la larga inútil. Nos muestra una forma mejor de hablar y escribir en el día, pero no puede evitar que finalmente algunos de los errores que cometemos (los más persistentes y "funcionales") se conviertan pasados los siglos en la norma correcta que defenderán las generaciones venideras.

lunes, 1 de junio de 2009

Warranteo


El pasado 24 de abril leíamos en las páginas del diario Correo de Piura, que los productores de arroz junto con los funcionarios regionales acordaron promover y gestionar el “warranteo” de arroz con intereses de 9 por ciento al año. La sala de redacción ponía así el anglicismo entre comillas sin duda por ser un término recién introducido en nuestro medio. Efectivamente, fue en el año 2005 cuando, por iniciativa del presidente Toledo, se promovió garantizar la producción de arroz mediante la modalidad del warranteo, por la que se ofrece la producción almacenada como garantía para lograr la financiación de la campaña agrícola, asumiendo un interés del 1% por almacenamiento, que se compensa porque así se logra también mantener en el mercado un precio razonable para el arroz.

Me dicen que en realidad esto se había planteado el año 2003 pero recién se implementó con Toledo el 2005. En realidad ya en los años setenta se hacía el warranteo del algodón, sólo que hoy por hoy la práctica totalidad de la producción norteña es adquirida por un solo grupo industrial a un precio fijo que siempre está por debajo de lo que desarían los agricultores. También me cuentan que el Banco Agrario, especialmente en la colonización de San Lorenzo, otorgaba certificados llamados entonces warrants para diversos productos.
Los warrants son, según indica el Diccionario de términos económicos del Banco Central de Reserva (1995), “títulos emitidos simultáneamente con el certificado de depósito, que representa garantía o prenda de las mercancías depositadas en un almacén, confiriéndole derechos sobre éstos a quien los adquiera”.
Evidentemente se trata de un instrumento financiero proveniente del mundo anglosajón y el término todavía no se registra en el Diccionario académico. Pero en el mundo rural ya se emplea con normalidad tanto el sustantivo “warranteo” como el verbo derivado: “serán los agricultores quienes fijarán la cantidad de arroz a warantear”.
La dificultad estriba en esa letra tan extraña al castellano (el diccionario la mantiene sólo para registrar algunos extranjerismos: “waterpolo”, “western”...). Es curioso que en realidad tanto el inglés “warrant” como el castellano “garantía” provienen del francés antiguo, pero igual se separó la ortografía y el significado originales del término (que podía traducirse por “otorgamiento”), y finalmente no pueden equivaler “garantizar” y “warrantear” aunque tengan la misma procedencia. Ya es muy tarde para recuperar el antiguo verbo medieval “garantir”, con lo que “warranteo” y “warrantear” parece que han llegado para quedarse al menos por un buen tiempo. De todos modos tal vez pudiéramos castellanizarlos en las formas “garanteo” y “garantear” que me parecen francamente preferibles a esos anglicismos tan flagrantes. No es una batalla fácil la del idioma, puesto que en un caso muy similar llevamos décadas en que todavía compiten el anglicismo “márketing” (la Academia fracasó con su propuesta de “mercadotecnia”) con su castellanización más adecuada: “mercadeo” (que apenas ha podido desarrollar el verbo “mercadear”). En esta marejada de las palabras serán los hablantes los que decidan, según el uso mayoritario, cuál resulta vencedora en el combate, pero no estaría mal intentar gestionar mejor el “garanteo” y “garantear” la cantidad de arroz que nos parezca, haciéndolo al menos en una manera más castellana.
De otra forma, igual se podría proponer la grafía: "guaranteo" y "guarantear" más acorde con el uso castellano.



El artículo se publicó en diario Correo de Piura, el domingo 31 de mayo de 2009, pág. 19.